Día 3º. Aquí estoy.
Lee despacio el encuentro de Moisés con Dios.
Moisés pastoreaba el rebaño de su suegro Jetró, sacerdote de Madián. Llevó el rebaño trashumando por el desierto hasta llegar a Horeb, la montaña de Dios. El ángel del Señor se le apareció en una llamarada entre las zarzas. Moisés se fijó: la zarza ardía sin consumirse. Moisés se dijo: “Voy a acercarme a mirar este espectáculo admirable, a ver por qué no se quema la zarza”. Viendo el Señor que Moisés se acercaba a mirar, lo llamó desde la zarza: “Moisés, Moisés”. Respondió él: “Aquí estoy”. Dijo Dios: “No te acerques; quítate las sandalias de los pies, pues el sitio que pisas es terreno sagrado”.
Toma conciencia del lugar donde te encuentras: la iglesia, un jardín, un sendero, tu habitación,…
Respira profundamente, sintiendo el paso del aire por tus pulmones.
Dios pidió a Moisés que se descalzase. Haz lo mismo, pero con la respiración, imaginando que estás quitándote las zapatillas cada vez que expulsas el aire.
Al inspirar acoge a Dios para que oxigene tu interior.
Al expirar expulsa tus preocupaciones, imaginaciones, ruidos y todo lo que entorpece este momento.
Cierra los ojos, ilumínalos con la escena, imagínala.
Pide a Dios que te envíe el Espíritu Santo para que puedas orar.
Lee de nuevo el texto, preguntándote: ¿qué dice? y ¿qué te dice?
¿Qué actitud sientes ante Él? ¿Confianza, respeto, miedo, abandono, pequeñez?
Permanece en silencio, repitiendo alguna de las frases.
Háblale, si lo deseas, si no, escucha al Espíritu, autor de estas palabras. Que sea Él quien te hable.
Repite en tu corazón las palabras de Moisés: "Aquí estoy".
Termina rezando la oración perfecta: el Padrenuestro.
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