Día 8º. Hágase.
En el lugar donde te encuentras toma la Biblia y ábrela en el relato de la Anunciación (Lucas 1, 26-38). No lo leas.
Mira este vídeo:
https://www.youtube.com/watch?v=08pHOmoS26I
Vuelve a mirarlo observando el paisaje, los gestos de María (sentada, se levanta, pasea, se arrodilla), los movimientos del rostro y de los ojos.
María observa y escucha. Se deja tocar por el entorno, une, interioriza el exterior con el interior. Lee lo que ven los ojos, escuchan los oídos y siente la piel con los ojos del corazón, de la fe. Su mirada va más allá de la realidad; busca y escruta en ella, descubriendo la presencia de Dios, estableciendo un diálogo con quien en cada instante tiene un mensaje para nosotros.
Lee ahora el texto.
Relaciónalo con las imágenes del vídeo.
Permanece en silencio.
Pregúntale a Dios: “¿Qué deseas de mí en estos momentos?
Permanece en silencio. Evidentemente no vas a concebir del Espíritu Santo un hijo de forma física, pero sí, un proyecto de Dios. ¿Cuál es? Esta es la pregunta. Escucha.
También hoy Dios desea que te acerques a su Madre, nuestra madre. A María y cuando hacemos referencia a ella nos vienen imágenes, cuadros y estampas que la representan: vestida con mantos bordados y coronada, exaltada por nosotros.
La joven María de la historia era pobre y vivía una vida sencilla en una aldea perdida al norte de Galilea. Pero su pobreza y sencillez no eran sus mayores virtudes, sino su apertura a Dios. Su apertura a la acción de Dios en la historia, en el Pueblo de Israel. Su confianza y certeza de que Dios estaba constantemente presente en medio de ellos, actuando, acompañando, hablando por los profetas, dando consuelo y esperanza en medio de las dificultades y cumpliendo sus promesas. Para todo ello era necesario que hubiera corazones generosos en Israel que se dejaran hacer por Dios y María era uno de ellos.
La respuesta del Ángel fue contundente: “Nada hay imposible para Dios”. Y María, desde su libertad, aceptó y dijo: “Hágase”. Con 14 años se fio de Dios. Y Dios la introdujo en una gran aventura, no carente de dificultades, incomprensiones y rechazos, pero llena de esperanza y alegría. Dios es el Dios de la historia, de nuestra historia personal.

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