Día 25. La pecadora.
Sígnate y toma conciencia de la presencia de Dios en los cuatro puntos cardinales y en lo más alto y lo más profundo. Él está y está esperándote para que abras las puertas del corazón.
El religioso capuchino padre Ignacio Larrañaga en su libro Encuentro, manual de oración, que nos está acompañando desde ayer, invita a este ejercicio previo a la oración: Repite en tu interior la palabra “nada”, acompasada con tu respiración, sintiendo la sensación de vacío-nada, comenzando por el cerebro y siguiendo por todo el organismo hasta sentir una sensación de descanso y silencio.
Pide al Padre que llene el vacío con el don del Espíritu Santo, como llenó la cueva del Santo Sepulcro.
Es en el vacío donde Dios se hace presente. Desde el abismo de los infiernos la Palabra resucitó. Abre la Biblia para que ella te resucite y lee Lucas 7, 37-38.
En esto una mujer que había en la ciudad, una pecadora, al enterarse de que estaba comiendo en casa del fariseo, vino trayendo un frasco de alabastro lleno de perfume y, colocándose detrás junto a sus pies, llorando, se puso a regarle los pies con los cabellos de su cabeza, los cubría de besos y se los ungía con perfume.
Pide a Jesús te conceda el don de las lágrimas para que sientas dolor profundo por tus pecados y gratitud inmensa por su perdón y misericordia.
Imagina la escena: la estancia, la mujer, Jesús, las manos, los pies, los cabellos, las lágrimas.
¿Cómo se sentía ella? Sabemos que fue criticada por el huésped: “que clase de mujer es la que lo está tocando, pues es una pecadora” (Lc 7, 39) y la respuesta de Jesús alabando la acción de quien le amaba.
Recuerda tus pecados, no solo los que cometes, sino la causa profunda de ellos. Mírate en sus ojos. También eres esa persona que no quiere ser.
Realiza interiormente los gestos de ella y siente la mirada de Jesús y dialoga con Él. Pero no te quedes en la oración, busca lo más pronto posible un sacerdote, confiesa tus pecados y recibe el perdón de Jesús. Termina rezando el Padrenuestro.

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