Día 5º. Tú me sondeas y me conoces.




Comienza situándote, es decir, descalzándote. En estos momentos el lugar donde te encuentras es un espacio sagrado, porque Dios habita en Él y va a hablarte al corazón.

Mira a tu alrededor y busca una cuadro, lámina, imagen o simplemente mira el cielo o escucha tu corazón. Ellos te conducirán a la oración.

Lee el salmo 139.

Señor, tú me sondeas y me conoces.

Me conoces cuando me siento o me levanto,
de lejos penetras mis pensamientos;
distingues mi camino y mi descanso,
todas mis sendas te son familiares.

No ha llegado la palabra mi lengua,
y ya, Señor, te la sabes toda.
Me estrechas detrás y delante,
me cubres con tu palma.

Tanto saber me sobrepasa,
es sublime, y no lo abarco.
¿A dónde iré lejos de tu aliento,
adónde escaparé de tu mirada?

Si escalo el cielo, allí estás tú;
si me acuesto en el abismo, allí te encuentro;
si vuelo hasta el margen de la aurora,
si emigro hasta el confín del mar,
allí me alcanzará tu izquierda,
me agarrará tu derecha.

Si digo: “Que al menos la tiniebla me encubra,
que la luz se haga noche en torno a mí”,
ni la tiniebla es oscura para ti,
la noche es clara como el día,
la tiniebla es como luz para ti.
Tú has creado mis entrañas,
me has tejido en el seno materno.

Te doy gracias porque me has plasmado portentosamente,
porque son admirables tus obras:
mi alma lo reconoce agradecida.

Salmo 139, 1-14

Esta oración bíblica inspirada por Dios es una meditación sobre la omnisciencia divina, en la que el orante experimenta la presencia de Dios en todo lugar y tiempo, en su vida. Una presencia que lejos de ser agobiante y asfixiante, aporta seguridad y confianza.

Vuelve a leerlo, sin prisa, deteniéndote en una de las frases o palabras que toquen tu corazón, repítela permitiendo al Espíritu que vaya arando tu corazón con ella. Permanece el tiempo que necesites, acompaña la jornada con la frase que más te está ayudando.

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